Era un martes lluvioso cuando Valentina abrió la puerta de su oficina y encontró una carta sin remitente sobre su escritorio. La detective cogió el sobre con cuidado, lo olió y lo dejó encima de la mesa.
Abrió la ventana para que entrara el aire fresco, encendió su lámpara de escritorio y preparó un café fuerte. Necesitaba toda su concentración.
La carta decía que alguien había robado el cuadro más valioso del museo de la ciudad. El director del museo llamó a Valentina por teléfono y le ofreció una recompensa generosa si resolvía el caso.
Valentina aceptó el encargo sin dudar. Tomó su abrigo largo, agarró su linterna y llamó a su asistente, Marco.
— Marco, necesito tu ayuda — dijo ella. — Busca los archivos del museo y tráeme la lista de empleados de los últimos tres meses.
Marco entendió el mensaje de inmediato. En menos de una hora encontró todos los documentos y los dejó en el escritorio de Valentina.
Ella estudió cada página con atención. Y entonces lo vio: una firma extraña. Reconoció esa firma. La había visto antes. Cogió el teléfono y marcó el número del comisario.
— Tengo al culpable — anunció Valentina con calma. — Venid a buscarle.