El pasado 1 de abril, la NASA lanzó la misión Artemis II desde el Centro Espacial Kennedy en Florida, marcando el inicio del primer viaje lunar tripulado en más de medio siglo. A bordo del cohete Space Launch System viajaban cuatro astronautas: el comandante Reid Wiseman, la piloto Victoria Glover, el especialista Jeremy Hansen y el astronauta canadiense Jeremy Hansen. Gracias a un lanzamiento sin incidentes, la misión alcanzó su objetivo principal con éxito.

Sin embargo, lo más emocionante llegó cinco días después. El 6 de abril, la cápsula Orion sobrevoló la cara oculta de la Luna, alcanzando una distancia de 406.771 kilómetros de la Tierra. De este modo, la tripulación batió el récord de distancia al planeta que había permanecido inalterado durante 54 años, desde que los astronautas del Apolo 17 —Cernan, Evans y Schmitt— lo establecieron en diciembre de 1972.

Además, a diferencia de las misiones Apolo, Artemis II no llevaba módulo lunar: el objetivo de esta expedición era únicamente realizar el vuelo de prueba del sistema Orion y el SLS en condiciones reales, verificar sus sistemas de soporte vital y preparar el terreno para el alunizaje tripulado previsto para la misión Artemis III.

«Ha sido como si el universo entero aguantara la respiración.»

— Reid Wiseman, comandante de Artemis II

Por otro lado, la misión tiene una dimensión histórica que va más allá del récord de distancia. Victoria Glover se convirtió en la primera mujer en viajar a la órbita lunar, mientras que Jeremy Hansen se convirtió en el primer canadiense en hacerlo. En consecuencia, Artemis II no es solo un triunfo tecnológico, sino también un símbolo del carácter internacional y diverso del programa espacial actual.

La cápsula regresó a la Tierra el 19 de abril, amerizando frente a las costas de San Diego, California. A pesar de las condiciones meteorológicas adversas durante las últimas horas del vuelo, el descenso fue nominal y los cuatro tripulantes fueron trasladados a bordo del buque USS John P. Murtha sin necesidad de asistencia médica.

No obstante, el verdadero impacto de Artemis II se medirá en los próximos años. La misión ha demostrado que los sistemas del SLS y la cápsula Orion son fiables en condiciones reales de vuelo deep space. Así pues, la NASA puede proceder con mayor confianza hacia Artemis III, que planea depositar astronautas en el polo sur lunar.

Cabe destacar que el interés científico del polo sur lunar radica en los depósitos de hielo de agua que existen en los cráteres en perpetua sombra. Es decir, si ese hielo puede ser extraído y procesado, representaría una fuente de oxígeno, agua potable e incluso hidrógeno para el combustible de futuras misiones más allá de la Luna.

Por lo tanto, Artemis no es simplemente una repetición de las hazañas del siglo XX: es la primera fase de una arquitectura de exploración sostenida, cuyo horizonte último es Marte. En este sentido, la base lunar que la NASA y sus socios internacionales —incluidos la ESA, JAXA y la Agencia Espacial Canadiense— planean construir en la superficie lunar funcionaría como estación de entrenamiento y aprovisionamiento.

Dicho esto, los desafíos siguen siendo enormes. El traje lunar de nueva generación, desarrollado por Axiom Space, aún está siendo validado. Del mismo modo, el módulo de alunizaje Human Landing System de SpaceX —conocido como Starship HLS— deberá completar varias pruebas adicionales antes de ser certificado para transportar astronautas a la superficie.

En definitiva, Artemis II ha recordado al mundo algo que las generaciones más jóvenes nunca habían presenciado en directo: que los seres humanos somos capaces de abandonar nuestro planeta, alejarnos de él a distancias inimaginables, y regresar sanos y salvos para contarlo. La Luna vuelve a estar al alcance de la humanidad.